En estos días, mientras gran parte del país centra su atención en quién ocupará la Presidencia, yo no puedo evitar hacerme otra pregunta desde mi profesión:
¿Cómo analizaríamos este cargo si nos hubieran contratado para diseñar su perfil?
Probablemente no comenzaríamos por el nombre del candidato.
Comenzaríamos por el cargo.
Definiríamos su propósito, el alcance de sus responsabilidades, los resultados esperados y, sobre todo, las competencias críticas para ejercer un liderazgo de ese nivel.
Porque un cargo como este demanda mucho más que conocimientos técnicos o experiencia.
Exige visión estratégica para tomar decisiones que marcarán el rumbo de un país.
Exige criterio para actuar en medio de la incertidumbre.
Exige la capacidad de construir consensos cuando las posiciones son opuestas.
Exige comunicar con claridad, liderar equipos diversos, gestionar crisis y mantener la confianza de millones de ciudadanos.
Y hay algo que siempre me llama la atención.
En las organizaciones, los cargos de alta dirección suelen tener procesos rigurosos de selección, inducción, seguimiento y evaluación.
En la Presidencia, en cambio, el aprendizaje ocurre mientras el país avanza.
No existe un espacio para ensayar.
Cada decisión cuenta desde el primer día.
Más allá de cualquier postura política, este contexto nos deja una reflexión valiosa para quienes trabajamos en Gestión del Talento:
Entre más estratégico es un cargo, menos podemos improvisar en el liderazgo que requiere.
Porque seleccionar a la persona adecuada es solo una parte del desafío.
Lo realmente determinante es que quien asuma el cargo posea las competencias para responder a la magnitud de la responsabilidad que representa.
El liderazgo no se mide por el cargo que se ocupa; se demuestra en las decisiones que se toman desde él.




